domingo, 18 de noviembre de 2018

Ring ring


Ring ring. No, otra vez no. Saco el teléfono de mi bolsillo con la mano temblorosa mientras miro al techo, evitando mirar la pantalla como si no ver tu nombre fuese a solucionar las cosas. Suspiro profundamente antes de echarle un rápido vistazo, pero no lo suficientemente rápido ya que alcanzo a ver esas letras que reconocería en cualquier lugar. Tu nombre. Eres tú. Me vuelves a llamar.
Ring ring. Agito la cabeza en un gesto de negación hacia mí misma. No voy a cogerlo, no puedo. Estoy harta de romper mi propia promesa. Estoy harta de decepcionarme una vez tras otra. Estoy harta de caer en esa trampa. No, no voy a contestar.
Ring ring. Ayer sí te contesté. Te contesté acordándome de cuando te conocí. Acordándome de cómo entraste en mi vida cuando yo estaba en el suelo. Acordándome de cómo me prometiste estar ahí para darme la mano cada vez que me viniese abajo, de apoyarme, de abrazarme, de quererme como antes nadie lo había hecho.
Ring ring. Me acordé de aquella primera vez que dimos un paseo para hablar: acabamos con agujetas en las piernas por andar durante tres horas porque no podíamos parar de encontrar cosas que teníamos en común. Y al despedirte me diste ese ansiado beso. Nada se pudo comparar con ese beso. Un beso esperado, deseado, lleno de una ilusión que pronto se convertiría en amor.
Ring ring. Ayer me acordé del principio de nuestra relación. De cómo cada fin de semana me llevabas a un sitio diferente porque te negabas a repetir planes. Me acordé de todas las mañanas que abría los ojos y encontraba los tuyos brillantes, observándome con una sonrisa en los labios. Esa sonrisa me recordaba a cómo le hablabas de mí a tus amigos, como si yo fuese la mayor suerte de tu vida. Y yo estaba segura de que tú eras la mía.
Ring ring. Pero hoy me acuerdo del presente. Me acuerdo de las excusas y de las mentiras. Me acuerdo de las veces que aparecías en mi puerta pidiéndome una última oportunidad. Esa última oportunidad que te cedí mil y una veces esperando encontrar el chico que creí haber conocido aquel día.

Ring ring. Me acuerdo de como todo empezó a cambiar. Primero empezaste a gritarme, pero era porque volvías cansado del trabajo. Luego, me insultabas, pero era porque habías tenido un mal día y estabas irritable. Entonces, llegaste a pegarme, pero era por desahogarte. Te lo tenía que perdonar, ¿no?

Ring ring. Me acuerdo de ayer. De cogerte el teléfono y acabar en tu casa. De cómo me recibiste con besos y caricias. De cómo me miraste a los ojos y me mentiste diciéndome que me querías. De cómo me usaste a tu parecer para luego querer echarme. Pero yo no me quería ir. Por eso me gritaste, me empujaste, me tiraste al suelo, me insultaste y pegaste. Una vez más. Cada vez más fuerte.
Ayer creí que esta iba a ser la última vez...
Ring ring. Lo de ayer no fue nada nuevo. Fue la trampa en la que llevo cayendo ya tanto tiempo que incluso olvidé cuando todo se torció. Ayer volví a caer, pero hoy voy a ser fuerte. Pero, ¿lo seré mañana?

viernes, 2 de noviembre de 2018

Los lápices de colores

Érase una vez una clase en un colegio normal y corriente, donde los compañeros de clase se dividían en grupos de amigos, aunque eso no era impedimento para que se llevasen bien entre todos. Pero había una chica en la clase que no formaba parte de ningún grupo, prefería integrarse en uno diferente cada día. Ella estaba convencida que podía aportar y recibir algo de cada persona, por lo que no quería cerrar las puertas de su interior a nadie.
Ha medida que esa chica iba formando parte de diferentes grupos, sus integrantes decidían pedirle favores:
–¿Me dejas ese lápiz de color rojo?
–¿Y a mí el de color naranja?
–¿Y a mí el amarillo?
Ella los prestaba sin pensárselo dos veces. Ellos eran sus amigos. Harían lo mismo por ella, ¿no?

Un día la profesora les pidió que tenían que dibujar un arcoíris para el final de la jornada escolar y entregárselo, formaría una parte importante de la calificación de esa asignatura. La chica abrió su estuche y solo encontró el lápiz de color negro, ya había prestado todos los otros lápices de colores a diferentes personas.
Durante el recreo intentó recuperar esos lápices que había ido prestando a lo largo del año y que no le habían devuelto aun, pero solo le respondían con excusas:
–Me lo he dejado en casa.
–Lo he perdido.
–Se me rompió.
–Lo gasté.
Por más que lo intentó, no consiguió recuperar ni un solo color. Finalmente abatida aprendió una gran lección: ella se había entregado a personas que solo buscaban recibir y no aportar. Solo buscaban su altruismo, pero no devolvérselo. La amistad que ella había visto en ellos, ellos no la habían visto en ella.

No ser altruista no siempre implica ser egoísta, los antónimos absolutos no existen. Igual que esa chica entregó lápices de colores, nosotros entregamos cachitos de nuestro interior a otras personas en las que decidimos confiar. Esa confianza puede ser recíproca, y ese cachito nuestro que entregamos, se compensa por el cachito que nos entregan. Pero si se lo damos a las personas equivocadas, nos damos cuenta que nos estamos perdiendo. Que aquello que era nuestro, ya no es nuestro sino del resto. Que hay partes que perdemos o se rompen y que nunca podremos recuperar. Hay veces que hay que mirar más por uno mismo que por los demás. 
El autocuidado nunca es egoísta. 

sábado, 25 de agosto de 2018

El acantilado


Abrí los ojos para ver que me encontraba a escasos pasos del borde de un acantilado. Inspeccioné mis alrededores tratando de identificar en qué lugar me encontraba, pero no se parecía a nada que hubiese visto hasta ahora.
Si miraba hacia el mar me topaba con una tormenta eléctrica, truenos que causaban eco contra las paredes del acantilado, flashes de rayos que me cegaban los ojos para, seguidamente, devolverlo todo a la más profunda oscuridad. El agua había adaptado el color más oscuro que había visto nunca, las olas se elevaban varios metros sobre la superficie a causa del fuerte viento alcanzando mis pies que estaban entumecidos por el frío. El agua estaba helada.
Pero si miraba hacia atrás, las nubes se volvían más claras y escasas, el viento aminoraba su fuerza y entre dos nubes, un rayo de sol conseguía hacerse hueco para iluminar la explanada verde que se abría ante mi visión. Estaba segura de que si conseguía dar unos pocos pasos podría incluso escuchar a un pájaro piar en el bosque que se encontraba en el horizonte.
Pero no era capaz. Mis pies estaban anclados en la gravilla mojada por la lluvia y el agua del mar, no podía moverme, no tenía escapatoria. Empecé a notar los rápidos latidos de mi corazón y mi respiración entrecortada. Mis sentidos estaban agudizados al máximo, estaba en alerta, algo iba mal. Tenía que huir, ¿cómo?
–Oye –escuché una voz detrás de mí y me giré para ver mi reflejo en una chica que se encontraba al borde del acantilado mirándome. Quise gritar, pero mi garganta no era capaz de emitir ningún sonido. Entonces me fijé mejor y me di cuenta que no era exactamente como yo. Era un reflejo mío sin todas aquellas inseguridades que alguna que otra vez no me habían dejado dormir por las noches. Mi imagen deseada, mi yo perfecto. Sentí una punzada de envidia en el pecho, ¿qué clase de broma de mal gusto era esta? –¿te gusta lo que ves? Lo puedo ver en tus ojos, no me puedes engañar. Ven, te enseñaré el secreto para que puedas ser igual que yo.
Un aura oscura rodeaba sus facciones, en especial a sus ojos –dos agujeros negros sin fin–  que hacían erizarse mi vello. Aunque, a la vez, su propuesta me resultaba extremadamente atractiva.
–No puedo moverme –solté en un hilillo de voz, el cual me avergonzó al haber oído su tono de voz seguro y triunfal.
–Tienes que querer ser como yo, tienes que desearlo con todas tus fuerzas –esbozó una sonrisa burlona que me generaba desconfianza. Intenté ignorar mi intuición, me iba a dar lo que yo más quería, eso era suficiente.
Cerré los ojos para tratar de dar un paso y esta vez mi pierna cedió con extremada facilidad. De repente el viento soplaba en mi dirección, arrastrando el movimiento en la dirección adecuada. Abrí los ojos y caminé decididamente hacia la chica que me esperaba en el borde sin decir ni una palabra. En unos pocos pasos me encontraba frente a frente con ella, mis pies rozaban los suyos, nuestros ojos estaban alineados, nuestras manos se rozaban… Podía sentir que me transmitía su seguridad. ¿Y ahora qué?
Dio un paso hacia atrás y palidecí al ver que no caía al abismo, sino que se mantenía en el lugar, como si debajo suya hubiese una superficie de cristal. Ahora ya no estaba tan segura de querer seguirla, nadie me aseguraba que si cruzaba el borde me esperaría su mismo destino.
–No tengas miedo, ya casi estás aquí. Confía en mí –su voz era fría y lejos de generarme confianza, me provocaba miedo. La miré una vez más, sus promesas me atraían demasiado. Di un paso más para rozar el borde del acantilado y miré hacia abajo, estaba más alto de lo que había esperado, en el fondo había rocas grandes y afiladas y las olas chocaban contra ellas en completo caos. Nadie podría sobrevivir a esa caída. La fuerza de las olas hizo que unas piedras que se hallaban debajo de mis pies cayeran hacia el agua, mis piernas temblaron haciendo que casi perdiese el equilibro. ¿Era posible que no fuese a caer?
–¡Espera! –otra voz sonó detrás de mí y me volví a girar para ahogar un grito una vez más, ahí estaba mi reflejo, una réplica perfecta de mi reflejo. Era yo, pero no exactamente. Mi reflejo radiaba felicidad, esbozaba una sonrisa cálida y sus ojos brillaban con esperanza, algo que hacía tiempo que había perdido–no le hagas caso, sus promesas son mentiras. Vas a caer, no habrá vuelta atrás. Ven conmigo, podrás ser como yo.
–Ya soy como tú, ella me promete ser perfecta.
–Y yo te prometo ser feliz –¿cómo iba a ser feliz siendo como ella? Ya lo había intentado y solo conseguí lo contrario. Tenía que intentar algo nuevo –va a ser un camino arduo, vas a caer, te va a costar levantarte, a veces darás un paso para acabar dando dos hacia atrás. Pero si aceptas mi ayuda, yo estaré allí celebrando tus pasos hacia delante y animándote cuando des alguno hacia atrás. Juntas lo conseguiremos –su voz tenía algo diferente, algo que le había faltado a la otra chica, vida. Me giré para verla una última vez. Por fin me estaba dando cuenta, había estado tan cerca de caer en su trampa… Había estado a punto de darlo todo por una pequeña promesa de perfección. Una pequeña promesa que no existía, porque la perfección era irreal. La única forma de dejar de desearla era caer. Así dejaría de desearla, a la vez que dejaba de desear cualquier otra cosa. Dejaría de vivir.
–No le hagas caso, estás más cerca de llegar a ser como yo. Solo un pequeño paso. El otro camino que te espera va a ser mucho más duro, te va a hacer sufrir. Yo te voy a regalar lo que siempre quisiste –la rabia elevó su tono de voz al ver la duda en mi rostro, no quería dejarme marchar. Me había tenido tan cerca… Al borde del abismo. Yo no iba a dejarla ganar.
Con toda la fuerza que pude reunir en mi interior volví a girarme hacia mi verdadero reflejo. Todo se había vuelto contra mí, el viento azotaba mi cara arrastrando la arena del suelo que hacía que mis ojos ardieran, la lluvia empapaba mi ropa calándome hasta los huesos, tiritaba con una gran fuerza, el viento no me permitía avanzar… Es demasiado difícil. Me empezaban a escocer los ojos por contener las lágrimas. 
Entonces conseguí dar un paso, pero caí. Caí sobre un montón de piedras afiladas que se clavaron en mis rodillas, aullé de dolor cogiéndomelas tratando de mitigarlo, noté mis manos mojarse ante el tacto de un líquido caliente. Estaba sangrando. No podía hacerlo. Ya no era capaz de contenerlo más, las lágrimas empezaron a recorrer mis mejillas mezclándose con las gotas de lluvia. Era muy débil
Levanté la vista con gran dificultad y mi reflejo estaba allí, tendiéndome una mano. Los ojos le brillaban aún más que antes.
–El primer paso es el más complicado y lo has conseguido. Toma mi mano y nunca tendrás que volver a enfrentarte a esta pesadilla sola.
Le cogí la mano y supe que todo iba a ir bien.



martes, 12 de junio de 2018

Dismorfia corporal

El trastorno dismórfico corporal (TDC) (anteriormente conocido como dismorfofobia) es un trastorno somatomorfo que consiste en una preocupación fuera de lo normal por algún defecto, ya sea real o imaginado, percibido en las características físicas propias (autoimagen). Si dicho defecto existe, la preocupación y ansiedad experimentada por estas personas es excesiva, ya que lo perciben de un modo exagerado.


Nunca en mis años de vida mirarme en el espejo me había gustado tanto. Me veo guapa, me veo con buen cuerpo, me veo feliz, me siento segura: me veo bien y me gusto. Pero esto no me pasaba hace unos años cuando pesaba casi quince kilos menos que ahora y no era capaz de ver que estaba demasiado delgada.

La dismorfia corporal es algo que ocurre frecuentemente en los trastornos alimenticios (aunque no exclusivamente) y provoca que la persona no sea capaz de percibir su imagen en el espejo correctamente: se puede acentuar un defecto o la imagen de forma general. Creo que todos estamos familiarizados con las típicas imágenes de prevención de anorexia que muestran a una chica esquelética mirándose en el espejo y viéndose obesa:



Por eso mucha chicas, incluidas yo, se sienten confusas cuando teniendo anorexia u otro trastorno alimenticio no les ocurre exactamente eso, exactamente porque hay muchas formas de que se pueda sesgar la percepción de tu propio cuerpo, no siempre es tan exagerado, otras veces ni siquiera existe. Para tratar de visibilizar que hay muchas formas en que se de este problema, voy a contar mi experiencia tratando de ponerme en mi piel de hace ya 4 años:

"Estoy delante del espejo. Soy consciente de los kilos que peso y que hace tiempo que he entrando en el rango de bajo peso. Soy consciente de que se me notan huesos que a otras chicas no se les nota, o que a mí no se me habían notado nunca. Soy consciente de que se me ha quedado casi toda la ropa grande y que me está empezando a quedar suelta la talla más pequeña de pantalones. Pero no me fijo en eso. En cambio veo como soy capaz de pellizcar grasa en los muslos, en los brazos, en la barriga. Sigue habiendo grasa: eso es que estoy gorda. Acaban de obligarme a comer y me veo la barriga hinchada, no está plana: eso es que estoy gorda."

Era capaz de encontrar infinidad de razones por las que no estaba delgada aún, ignorando la infinidad de razones que gritaban que lo estaba de lejos. La percepción falla porque la persona empieza a fijarse solo en los detalles de su cuerpo que confirman lo que más temen, y se obsesionan hasta alcanzarlo. Pero alcanzarlo no basta, encontrarán otro detalle. Porque el problema no empieza en el fallo que se ven, sino en los problemas mentales que tienen y que traducen en fallos que pueden intentar controlar, porque lo físico es visible y controlable, lo mental da más miedo.

Escribo esta entrada con el fin de que si alguna vez estáis con una persona que sabéis que distorsiona su imagen corporal, no intentéis contradecirle con la lógica, ya que esta no funciona así, un terapeuta tiene las técnicas necesarias para tratar este problema. No hagáis comentarios como: "Pero entonces me tienes que ver gorda a mí." "Esa chica dices que está delgada y tu lo estás más." No son capaces de verlo en ese momento. O pueden ser capaces de verlo, pero incluso pensar que otros están mejor así, pero ella estará mejor más delgada. No busquéis ninguna lógica, no la tiene. Haced que pida ayuda y apoyarla, es lo mejor que podéis hacer.

viernes, 25 de mayo de 2018

La hipocresía del tiempo

Me siento mirando fijamente a un reloj hacer tic-tac tic-tac, ya ha pasado un minuto.
Y ahora ha pasado otro.
Y otro.
Y no he hecho absolutamente nada.

No entiendo porque la expresión que se utiliza es "qué rápido pasa el tiempo" y no "qué rápido se agota el tiempo". Porque si se compara el pasar del tiempo con el de un coche pasando por una carretera implicaría que, aunque un minuto pasase, se podría volver a él. Pero no es así.
Todos tenemos un reloj de arena interno y que notamos como va agotándose con cada segundo. Pero para cada persona difiere en la cantidad de arena que este contiene.
Podría quedarnos tantos granitos como para llenar una playa entera. Poder coger un puñado entero e ir soltando poco a poco porque no tenemos miedo de gastarlo, tenemos tantíííísimo tiempo... Podemos sentir que nos sumergimos en él y que tenemos el control, o al menos creerlo.
Pero, en cambio, podría quedarnos tan pocos que nos volveríamos locos intentando darle la vuelta al reloj cuando sabemos que es imposible, intentar aferrarnos a los pocos granitos de arena que siguen allí, intentar que no caigan... Pero el tiempo continua fluyendo constante.
Pero la mayor ironía es que nadie sabe cuanta arena le queda: uno podría sentir que se sumerge en arena mientras puede contar los granos de arena con una mano, o estar contando los granos de arena para darse cuenta que ha perdido la cuenta de cuantos lleva.

Más veces de las que debería soy consciente de mi reloj de arena y de la ansiedad que me produce no saber como va. ¿Puedo vivir tranquila y calmada con su discurrir o debería darme prisa en cumplir mis metas? ¿Estoy orgullosa de como he aprovechado los granitos de arena que ya cayeron? ¿Estoy preparada para afrontar los que me quedan? ¿O le estoy dando demasiada importancia?

Ojalá poder olvidarme siempre de la existencia de ese reloj.