sábado, 25 de agosto de 2018

El acantilado


Abrí los ojos para ver que me encontraba a escasos pasos del borde de un acantilado. Inspeccioné mis alrededores tratando de identificar en qué lugar me encontraba, pero no se parecía a nada que hubiese visto hasta ahora.
Si miraba hacia el mar me topaba con una tormenta eléctrica, truenos que causaban eco contra las paredes del acantilado, flashes de rayos que me cegaban los ojos para, seguidamente, devolverlo todo a la más profunda oscuridad. El agua había adaptado el color más oscuro que había visto nunca, las olas se elevaban varios metros sobre la superficie a causa del fuerte viento alcanzando mis pies que estaban entumecidos por el frío. El agua estaba helada.
Pero si miraba hacia atrás, las nubes se volvían más claras y escasas, el viento aminoraba su fuerza y entre dos nubes, un rayo de sol conseguía hacerse hueco para iluminar la explanada verde que se abría ante mi visión. Estaba segura de que si conseguía dar unos pocos pasos podría incluso escuchar a un pájaro piar en el bosque que se encontraba en el horizonte.
Pero no era capaz. Mis pies estaban anclados en la gravilla mojada por la lluvia y el agua del mar, no podía moverme, no tenía escapatoria. Empecé a notar los rápidos latidos de mi corazón y mi respiración entrecortada. Mis sentidos estaban agudizados al máximo, estaba en alerta, algo iba mal. Tenía que huir, ¿cómo?
–Oye –escuché una voz detrás de mí y me giré para ver mi reflejo en una chica que se encontraba al borde del acantilado mirándome. Quise gritar, pero mi garganta no era capaz de emitir ningún sonido. Entonces me fijé mejor y me di cuenta que no era exactamente como yo. Era un reflejo mío sin todas aquellas inseguridades que alguna que otra vez no me habían dejado dormir por las noches. Mi imagen deseada, mi yo perfecto. Sentí una punzada de envidia en el pecho, ¿qué clase de broma de mal gusto era esta? –¿te gusta lo que ves? Lo puedo ver en tus ojos, no me puedes engañar. Ven, te enseñaré el secreto para que puedas ser igual que yo.
Un aura oscura rodeaba sus facciones, en especial a sus ojos –dos agujeros negros sin fin–  que hacían erizarse mi vello. Aunque, a la vez, su propuesta me resultaba extremadamente atractiva.
–No puedo moverme –solté en un hilillo de voz, el cual me avergonzó al haber oído su tono de voz seguro y triunfal.
–Tienes que querer ser como yo, tienes que desearlo con todas tus fuerzas –esbozó una sonrisa burlona que me generaba desconfianza. Intenté ignorar mi intuición, me iba a dar lo que yo más quería, eso era suficiente.
Cerré los ojos para tratar de dar un paso y esta vez mi pierna cedió con extremada facilidad. De repente el viento soplaba en mi dirección, arrastrando el movimiento en la dirección adecuada. Abrí los ojos y caminé decididamente hacia la chica que me esperaba en el borde sin decir ni una palabra. En unos pocos pasos me encontraba frente a frente con ella, mis pies rozaban los suyos, nuestros ojos estaban alineados, nuestras manos se rozaban… Podía sentir que me transmitía su seguridad. ¿Y ahora qué?
Dio un paso hacia atrás y palidecí al ver que no caía al abismo, sino que se mantenía en el lugar, como si debajo suya hubiese una superficie de cristal. Ahora ya no estaba tan segura de querer seguirla, nadie me aseguraba que si cruzaba el borde me esperaría su mismo destino.
–No tengas miedo, ya casi estás aquí. Confía en mí –su voz era fría y lejos de generarme confianza, me provocaba miedo. La miré una vez más, sus promesas me atraían demasiado. Di un paso más para rozar el borde del acantilado y miré hacia abajo, estaba más alto de lo que había esperado, en el fondo había rocas grandes y afiladas y las olas chocaban contra ellas en completo caos. Nadie podría sobrevivir a esa caída. La fuerza de las olas hizo que unas piedras que se hallaban debajo de mis pies cayeran hacia el agua, mis piernas temblaron haciendo que casi perdiese el equilibro. ¿Era posible que no fuese a caer?
–¡Espera! –otra voz sonó detrás de mí y me volví a girar para ahogar un grito una vez más, ahí estaba mi reflejo, una réplica perfecta de mi reflejo. Era yo, pero no exactamente. Mi reflejo radiaba felicidad, esbozaba una sonrisa cálida y sus ojos brillaban con esperanza, algo que hacía tiempo que había perdido–no le hagas caso, sus promesas son mentiras. Vas a caer, no habrá vuelta atrás. Ven conmigo, podrás ser como yo.
–Ya soy como tú, ella me promete ser perfecta.
–Y yo te prometo ser feliz –¿cómo iba a ser feliz siendo como ella? Ya lo había intentado y solo conseguí lo contrario. Tenía que intentar algo nuevo –va a ser un camino arduo, vas a caer, te va a costar levantarte, a veces darás un paso para acabar dando dos hacia atrás. Pero si aceptas mi ayuda, yo estaré allí celebrando tus pasos hacia delante y animándote cuando des alguno hacia atrás. Juntas lo conseguiremos –su voz tenía algo diferente, algo que le había faltado a la otra chica, vida. Me giré para verla una última vez. Por fin me estaba dando cuenta, había estado tan cerca de caer en su trampa… Había estado a punto de darlo todo por una pequeña promesa de perfección. Una pequeña promesa que no existía, porque la perfección era irreal. La única forma de dejar de desearla era caer. Así dejaría de desearla, a la vez que dejaba de desear cualquier otra cosa. Dejaría de vivir.
–No le hagas caso, estás más cerca de llegar a ser como yo. Solo un pequeño paso. El otro camino que te espera va a ser mucho más duro, te va a hacer sufrir. Yo te voy a regalar lo que siempre quisiste –la rabia elevó su tono de voz al ver la duda en mi rostro, no quería dejarme marchar. Me había tenido tan cerca… Al borde del abismo. Yo no iba a dejarla ganar.
Con toda la fuerza que pude reunir en mi interior volví a girarme hacia mi verdadero reflejo. Todo se había vuelto contra mí, el viento azotaba mi cara arrastrando la arena del suelo que hacía que mis ojos ardieran, la lluvia empapaba mi ropa calándome hasta los huesos, tiritaba con una gran fuerza, el viento no me permitía avanzar… Es demasiado difícil. Me empezaban a escocer los ojos por contener las lágrimas. 
Entonces conseguí dar un paso, pero caí. Caí sobre un montón de piedras afiladas que se clavaron en mis rodillas, aullé de dolor cogiéndomelas tratando de mitigarlo, noté mis manos mojarse ante el tacto de un líquido caliente. Estaba sangrando. No podía hacerlo. Ya no era capaz de contenerlo más, las lágrimas empezaron a recorrer mis mejillas mezclándose con las gotas de lluvia. Era muy débil
Levanté la vista con gran dificultad y mi reflejo estaba allí, tendiéndome una mano. Los ojos le brillaban aún más que antes.
–El primer paso es el más complicado y lo has conseguido. Toma mi mano y nunca tendrás que volver a enfrentarte a esta pesadilla sola.
Le cogí la mano y supe que todo iba a ir bien.



martes, 12 de junio de 2018

Dismorfia corporal

El trastorno dismórfico corporal (TDC) (anteriormente conocido como dismorfofobia) es un trastorno somatomorfo que consiste en una preocupación fuera de lo normal por algún defecto, ya sea real o imaginado, percibido en las características físicas propias (autoimagen). Si dicho defecto existe, la preocupación y ansiedad experimentada por estas personas es excesiva, ya que lo perciben de un modo exagerado.


Nunca en mis años de vida mirarme en el espejo me había gustado tanto. Me veo guapa, me veo con buen cuerpo, me veo feliz, me siento segura: me veo bien y me gusto. Pero esto no me pasaba hace unos años cuando pesaba casi quince kilos menos que ahora y no era capaz de ver que estaba demasiado delgada.

La dismorfia corporal es algo que ocurre frecuentemente en los trastornos alimenticios (aunque no exclusivamente) y provoca que la persona no sea capaz de percibir su imagen en el espejo correctamente: se puede acentuar un defecto o la imagen de forma general. Creo que todos estamos familiarizados con las típicas imágenes de prevención de anorexia que muestran a una chica esquelética mirándose en el espejo y viéndose obesa:



Por eso mucha chicas, incluidas yo, se sienten confusas cuando teniendo anorexia u otro trastorno alimenticio no les ocurre exactamente eso, exactamente porque hay muchas formas de que se pueda sesgar la percepción de tu propio cuerpo, no siempre es tan exagerado, otras veces ni siquiera existe. Para tratar de visibilizar que hay muchas formas en que se de este problema, voy a contar mi experiencia tratando de ponerme en mi piel de hace ya 4 años:

"Estoy delante del espejo. Soy consciente de los kilos que peso y que hace tiempo que he entrando en el rango de bajo peso. Soy consciente de que se me notan huesos que a otras chicas no se les nota, o que a mí no se me habían notado nunca. Soy consciente de que se me ha quedado casi toda la ropa grande y que me está empezando a quedar suelta la talla más pequeña de pantalones. Pero no me fijo en eso. En cambio veo como soy capaz de pellizcar grasa en los muslos, en los brazos, en la barriga. Sigue habiendo grasa: eso es que estoy gorda. Acaban de obligarme a comer y me veo la barriga hinchada, no está plana: eso es que estoy gorda."

Era capaz de encontrar infinidad de razones por las que no estaba delgada aún, ignorando la infinidad de razones que gritaban que lo estaba de lejos. La percepción falla porque la persona empieza a fijarse solo en los detalles de su cuerpo que confirman lo que más temen, y se obsesionan hasta alcanzarlo. Pero alcanzarlo no basta, encontrarán otro detalle. Porque el problema no empieza en el fallo que se ven, sino en los problemas mentales que tienen y que traducen en fallos que pueden intentar controlar, porque lo físico es visible y controlable, lo mental da más miedo.

Escribo esta entrada con el fin de que si alguna vez estáis con una persona que sabéis que distorsiona su imagen corporal, no intentéis contradecirle con la lógica, ya que esta no funciona así, un terapeuta tiene las técnicas necesarias para tratar este problema. No hagáis comentarios como: "Pero entonces me tienes que ver gorda a mí." "Esa chica dices que está delgada y tu lo estás más." No son capaces de verlo en ese momento. O pueden ser capaces de verlo, pero incluso pensar que otros están mejor así, pero ella estará mejor más delgada. No busquéis ninguna lógica, no la tiene. Haced que pida ayuda y apoyarla, es lo mejor que podéis hacer.

viernes, 25 de mayo de 2018

La hipocresía del tiempo

Me siento mirando fijamente a un reloj hacer tic-tac tic-tac, ya ha pasado un minuto.
Y ahora ha pasado otro.
Y otro.
Y no he hecho absolutamente nada.

No entiendo porque la expresión que se utiliza es "qué rápido pasa el tiempo" y no "qué rápido se agota el tiempo". Porque si se compara el pasar del tiempo con el de un coche pasando por una carretera implicaría que, aunque un minuto pasase, se podría volver a él. Pero no es así.
Todos tenemos un reloj de arena interno y que notamos como va agotándose con cada segundo. Pero para cada persona difiere en la cantidad de arena que este contiene.
Podría quedarnos tantos granitos como para llenar una playa entera. Poder coger un puñado entero e ir soltando poco a poco porque no tenemos miedo de gastarlo, tenemos tantíííísimo tiempo... Podemos sentir que nos sumergimos en él y que tenemos el control, o al menos creerlo.
Pero, en cambio, podría quedarnos tan pocos que nos volveríamos locos intentando darle la vuelta al reloj cuando sabemos que es imposible, intentar aferrarnos a los pocos granitos de arena que siguen allí, intentar que no caigan... Pero el tiempo continua fluyendo constante.
Pero la mayor ironía es que nadie sabe cuanta arena le queda: uno podría sentir que se sumerge en arena mientras puede contar los granos de arena con una mano, o estar contando los granos de arena para darse cuenta que ha perdido la cuenta de cuantos lleva.

Más veces de las que debería soy consciente de mi reloj de arena y de la ansiedad que me produce no saber como va. ¿Puedo vivir tranquila y calmada con su discurrir o debería darme prisa en cumplir mis metas? ¿Estoy orgullosa de como he aprovechado los granitos de arena que ya cayeron? ¿Estoy preparada para afrontar los que me quedan? ¿O le estoy dando demasiada importancia?

Ojalá poder olvidarme siempre de la existencia de ese reloj.

jueves, 22 de marzo de 2018

No olvidemos el factor social de los TCAs

Esta semana en clase de Psicología del Desarrollo hemos estado debatiendo un artículo que trataba la "crisis de la pubertad" desde un punto de vista social, y no desde el biológico al que estamos tan acostumbrados. Y, a la vez, dándole una perspectiva de género.

Quiero escribir para expresar algunas conclusiones a las que he llegado gracias al artículo, pero sobre todo, para desahogarme sobre un tema que ha salido durante el debate y que me ha tocado la moral especialmente. Mientras la mayor parte de la clase estábamos de acuerdo en darle gran importancia a los factores socioculturales, algunas personas seguían empeñadas en que los factores biológicos eran lo más importante y determinante.

Uno de mis argumentos fue que no era mera coincidencia que las chicas sufrimos en mayor medida trastornos de la conducta alimenticia (TCA). Pero una chica me rebatió que eso sucedía porque las chicas por biología nos "obsesionamos" más con todo, y como los TCAs van sobre todo de obsesión con la comida, apariencia, peso, deporte..., era lógico que nosotras los sufriésemos más, y no tenía nada que ver con que las chicas recibimos mayor presión de la sociedad. No tuve tiempo de contestarle, así que voy a hacerlo ahora.

Vamos a partir de que los TCAs se caracterizan por tres factores clave: la personalidad de una persona, la situación familiar y la sociedad, y los tres tienen que estar presentes para que una persona desarrolle un TCA. No es sorpresa que los TCAs sólo se desarrollen en países primer mundistas, donde estamos constantemente bombardeados por personas que cumplen los cánones de belleza en la televisión, anuncios, películas, redes sociales... Obviamente no a todas las personas les afecta esta información, porque les falta los otros dos factores; pero en este caso la sociedad es la clave, porque sin este tipo de sociedad, no habría TCAs; otros trastornos sí, pero estos no.

"Pero a los chicos también les presiona la sociedad". Pues sí, pero de diferente manera. La vigorexia (obsesión por hacer ejercicio para estar cada vez más musculoso) es un trastorno alimentario, pero su incidencia es mucho menor que el de la anorexia o bulimia, por ejemplo. ¿Por qué? Porque aunque la sociedad presione a los hombres, lo hace menos que a las mujeres.

Vemos referentes hombres de todos los tamaños y edades habitualmente en televisión como políticos, actores, cantantes, presentadores... Y sorpresa, la prensa rosa nunca haría ningún comentario sobre su peso u atractivo, y en caso de que si lo hiciera, en ningún momento justificaría la valía de esa persona en su profesión. Pero esto no pasa con las mujeres. Las mujeres que vemos en la televisión casi siempre cumplen el canon de belleza establecido, y si no se las va a criticar y ser objeto de burla en la prensa rosa, o van a ser conocidas por ello. Adele, mujer con voz extraordinaria, pero a los titulares les interesaba más saber como perdió más de 60 kilogramos (creo que podéis imaginar porque perdió tanto peso una vez llegada a la fama). O actrices cuyo cuerpo no es reglamentario, y en vez de hacer un papel más, hacen un papel que gira en torno a su cuerpo diferente: la chica gorda de la que se enamoró el guaperas, la chica gorda que canta y baila bien, la chica gorda que logra triunfar... Recalcando que no es algo habitual que una mujer que no cumple los estándares de belleza pueda lograr esas hazañas.

Por eso me duele tanto escuchar comentarios así. Porque soy perfectamente consciente que sin patriarcado yo no hubiera sufrido un TCA durante 3 años de mi vida; puede que hubiese sufrido otros problemas relacionados con la salud mental. O puede que al no haber tenido tal presión de encajar durante mi adolescencia, no hubiera tenido una tan baja autoestima y no hubiese tenido ningún problema más grande de los que son habituales durante esa época de la vida.

El patriarcado mata de muchas formas.

martes, 20 de febrero de 2018

Quiero hacerlo todo, pero no hago nada

Llevo sin escribir en este blog desde el 11 de noviembre, desde esa fecha han pasado más de dos meses. No es que me haya olvidado del blog, de hecho, todo lo contrario, lleva remordiéndome la conciencia desde que no he vuelto a publicar. Tampoco podría decir que no he tenido tiempo o que no lo haya intentado: me he sentado con una idea en la cabeza delante de la pantalla del ordenador preparada para escribir... Y nada. No he sido capaz de escribir más que un mísero párrafo. Me siento completamente bloqueada. Incluso al entrar en Blogger me he encontrado con tres borradores como intentos fallidos de publicaciones. Esta situación me deja completamente incrédula ya que algo que siempre me he caracterizado es terminar todo lo que empiezo, cueste lo que cueste.

No me pasa sólo con escribir sino con la mayoría de cosas productivas que disfruto haciendo. Hace años que no devoro libros como solía hacer: uno detrás de otro, leyendo durante horas y horas prescindiendo de horas de sueño; ahora me cuesta incluso llegar a leer un libro al mes. Con la música si tengo "excusa", la guitarra y el piano los tengo en mi casa, pero tampoco he hecho ningún esfuerzo en traerme la guitarra a Madrid o pedir la llave de la sala de música de mi residencia, que curiosamente tiene un piano.

¿Y qué hago en lugar de todas esas actividades? Es verdad que la universidad quita mucho tiempo, pero no todo. La mayor parte del tiempo que podría estar haciendo cosas que, a parte de gustarme, me benefician, me encuentro actualizando Twitter constantemente, viendo vídeos de Youtube chorra que ya he visto múltiples veces, tragándome temporadas de series en una tarde... Descanso, pero no acabo satisfecha. Sería un tema muy diferente si no me viese con ganas de hacer ninguna otra cosa, pero es que las ganas están, lo que parece que me falta es la motivación.

Este descenso de motivación lo empecé a notar al empezar la universidad, y lo he comentado con más personas a las que parece que les ha pasado algo parecido a mí. Lo que me pregunto es si es la carga de trabajo agotadora que aguantamos el estudiantado lo que nos hace optar por realizar tareas que no nos suponen ninguna carga mental. Para yo ponerme a leer tengo que estar concentrada, pero para ver un video trivial en Youtube no tanto. Ya ni contar el esfuerzo que tengo que dedicar a escribir o aprender a tocar una nueva canción en un instrumento. 

Pero este nulo interés en no hacer nada, a veces cambia radicalmente por un periodo corto de tiempo, incluso solo un par de días. Escribo cinco publicaciones en un día, me tiró 5 horas tocando el piano o la guitarra: me viene la inspiración. Pero tan pronto como viene, se va. Es una sensación muy frustrante, porque sé que soy capaz de hacer todas esas cosas, pero nuevamente estoy bloqueada. ¿Cómo se consigue ser constante? En serio, ¿hay alguna fórmula secreta para eso?

Esto me preocupa especialmente con este blog. Pocas personas saben que, a parte de iniciar este blog para compartir mis experiencias y tratar de ayudar a otras personas, lo inicié porque adoro escribir, y quería mantener este hábito de alguna forma. Adoro escribir desde muy pequeña, recuerdo sentarme delante del ordenador con siete años a escribir cuentos y fantasear con ser escritora cuando fuese mayor. Siempre tuve diarios en los que escribía para expresar mis sentimientos, porque no era capaz de expresarlos vocalmente. Incluso tuve una época en la que escribía fanfics on-line y me gratificaba ver que había personas que me pedían que siguiese escribiendo. Aún hoy está en mi bucket list escribir un libro, ya sea para mí o publicarlo (nunca está mal ponerse metas altas), ¿pero como lo voy a hacer si ha pasado de ser algo que disfrute haciendo a una culpabilidad?

Mantengo una pequeña chispa de esperanza en que este esfuerzo sobrehumano que estoy haciendo para escribir esta publicación sirva como detonante para que pare este bloqueo mental. En diciembre quería publicar "20 cosas que aprendí con 20 años", ahora tendrá que esperar a los 21. Al acabar exámenes quería reflexionar sobre la creciente ansiedad que se tiene ante tareas que no son de vida o muerte, a estas alturas la época de exámenes pasada queda lejos. Ahora tengo una idea en mente relacionada con un trabajo que hice el cuatrimestre pasado sobre mujeres en la Historia de la Psicología y relacionarlo con la actualidad, pero me da miedo escribir sobre un tema tan formal al que no estoy habituada, así que es probable que se quede en el plumero.

¿Os ha pasado esto? ¿Os ha resultado muy familiar u os suena a chino? ¿O puede que le hayáis encontrado solución? Esto no son preguntas retóricas, comentadme aquí o por redes sociales, o hasta incluso en persona. Estaré encantada de oíros o leeros y más si me ayuda a salir de este bucle de improductividad y sensación de culpabilidad en el que llevo meses metida.

Gracias por leerme.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Deconstruirse no es fácil

Deconstruirse del rol que te ha dado la sociedad desde que naces no es fácil, incluso cuando formas parte de la parte que está oprimida.

Las primeras películas que miras te enseñan a esperar la llegada de un príncipe azul. Claro, a esperar, que más ibas a hacer. Ese único príncipe azul que va a ser tu media naranja, una media naranja que te complete. Y todo eso se traslada a la creencia general de la sociedad de que una mujer que no se casa ni tiene hijos ha fracasado. Nadie se le ocurre pensar que tenía otras prioridades y metas en la vida a otros niveles.  Pero durante siglos hemos sido "la mujeres de" y las que traen los hijos a las familias. Por mucho que eso este cambiando, el estigma que rodea a las mujeres que se sale de la norma sigue.
Y aunque una mujer sí tenga esas prioridades en la vida, nunca va a ser encontrar una media naranja. Porque nosotras ya somos naranjas completas. Lo que buscamos son personas que nos complementen y acompañen, personas que quieran participar en que cumplamos nuestras metas.

Me pregunto si gran parte de mi personalidad se ha debido a la influencia de este sistema. Si mis inseguridades y timidez se deben a que nos han enseñado a las mujeres a callar y replantearnos miles de veces lo que vayamos a decir, no vaya a ser que nos equivoquemos. Si mi perfeccionismo viene de esta idea de que no puedo fallar, que tengo que demostrar lo mejor de mí para que si tuviera algún fallo no se atribuyera a mi género. Si durante años sufrí por mi aspecto, mi cuerpo, mi peso... sufrí un TCA, cuya proporción es 9/2 mujeres/hombres; si hubiese nacido hombre hubiese tenido casi 5 veces menos de probabilidad de haberlo sufrido, porque nunca se me habría juzgado por mi talla y medidas.

Aún hoy, en las aulas veo lo que he descubierto que se llama el efecto tijera. En mi clase somos 80% chicas y 20% chicos; pero a nivel de cátedra los porcentajes se invierten. En la asignatura de Historia no han nombrado a ninguna mujer psicóloga, y no es que no las hubiera, pero la mayoría firmaba sus trabajos con el apellido del marido o firmaba su compañero; ¿quién publicaría el trabajo de una mujer? Y aún hoy siguen publicando menos mujeres. ¿Y esa brecha salarial teóricamente inexistente? Pues desde hace dos días y hasta final de años las mujeres hemos dejado de cobrar por el trabajo que hacemos.

Podría seguir explayándome. Dejar atrás las injusticias y hablar del miedo. El miedo que se siente al ir sola por la calle donde te acosan y lo justifican con que son "piropeos". Que aprovechen para tocar donde no se debe en una fiesta, justificarlo con que había mucha gente y no sabían donde poner las manos. Que lleguen a violar y lo justifiquen con que estabas borracha y no dijiste claramente que no; porque la falta de sí se sigue sin considerar rechazo. O que violen y justifiquen con que ellos eran los que estaban borrachos y no sabían lo que hacían.

O ese "romanticismo". Parejas que controlan porque sienten celos. "Hay que romántico, está celoso porque te quiere". Y esos celos se convierten en cargos de conciencia, insultos, en golpes y en muerte. ¡Qué bonito pintan ese amor romántico!

Y aunque yo sola todas estas cosas no pueda cambiar, hago pequeños cambios, añado mi pequeño grano de arena, para que al menos mi círculo sea menos machista. Aunque muchas veces mis llamadas de atención hacia otros vayan seguidos de "loca feminazi". Pero después de tantos años callando, alzar la voz y ser considerada loca, no me afecta en absoluto.



Esta entrada la he escrito sin pensar, y no voy a volver atrás para reeditarla. Trato muchos temas con los que podría escribir infinidad de entradas. Pero a veces una simplemente necesita desahogarse y escribir lo primero que le venga a la mente.

martes, 10 de octubre de 2017

Día Mundial de la Salud Mental '17

Tengo mil cosas que hacer, pero prefiero posponer algunas de ellas y escribir esta entrada antes. Es una especie de símil, porque mucha gente, ante el estrés del trabajo y el estudio, antepone estos y deja su salud mental atrás. Y ese es el primer fallo, ante cuál se forma una bola en el que más tarde estarás en medio preguntándote: ¿dónde empezó todo para que yo acabase así? Todo empieza cuando dejas de cuidarte.

Ante las demandas crecientes de la sociedad en el ámbito escolar y de trabajo, no es usual encontrarnos con multitud de personas que sufran ansiedad/estrés. Pero que algo sea usual no quiere decir que sea normal. Que algo sea usual no quiere decir que necesite menos cuidado que otros problemas. Por muy pequeñas que sean una preocupaciones, siguen siendo unas preocupaciones. Y merecemos sentirnos nosotros al 100%.

Me podría incluso sentir culpable escribiendo esto porque deberían darme un máster en no-autocuidado. He dejado de hacer cosas en mi vida básicas por cosas muy poco importantes en comparación. Pero he aprendido, no sin antes darme de bruces contra el suelo, pero he aprendido una serie de cosas que me sirven para no caer y las quiero compartir aquí.

1) Establece una rutina. Parece una chorrada, pero tener una rutina evita agobios cuando hay poco tiempo. En especial, si ante estrés se sufre de insomnio, tener una rutina pre-dormir ayuda mucho a preparar el cuerpo para descansar. Estudiar y trabajar justo antes de dormir no ayudará nada.

2) Identifica signos ante los que preocuparse. Saber con que pequeñas cosas estás llenando el vaso es imprescindible para que ese vaso no rebase. 

3) A parte de cuidarte a ti, cuida a tus amistades. Cuando uno está mal se suele encerrar en una burbuja de malestar, y se olvida que hay vida más allá de la burbuja. Tus amistades tirarán de ti cuando estás mal, pero no eternamente. Igual de importante es agradecer que estén a tu lado, aunque sean tus amigos y esperes eso de ellos, no es su obligación.

4) Habla de tus problemas, pero no satures a nadie. Poder expresarse y desahogarse es clave, pero la negatividad se transmite, si estás siempre llorando y quejando vas a empezar a agobiar a otras personas.

5) Pide ayuda externa si tu círculo cercano no te la brinda. Hay veces que a tus personas cercanas les sobrepasa la situación en la que te encuentras, porque ellos no son capaces de manejarla, tienen sus problema y/o has llegado a un límite. Pedir ayuda a un psicólogo o psicoterapeuta puede ser adecuado en ese momento.

6) Una vez que superes el bache, disfruta, pero nunca olvides. Eso no quiere decir que estés siempre alerta, porque eso podría ser contraproducente. Pero sentarte y reflexionar de vez en cuando sobre donde te encuentras en tu camino es esencial para evitar recaídas.

Ante todo, no olvides que la salud mental es básica y necesaria en todo el mundo, haya podido tener en ella problemas antes o no. Todos en algún momento de nuestra vida podemos sufrir emocionalmente, y no pasa nada: solo hay que aprender a manejarlo para que todo vuelva a la normalidad.